KG 200: Las alas del Misterio

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KG 200: Las alas del Misterio

Mensaje por zizou el Jue Feb 05, 2009 9:27 am



Si los crecientes rumores acerca de OVNIs nazis resultaran fundados, ¿quién
podría haberlos pilotado? La respuesta apunta con insistencia hacia el KG200, un
grupo especial de la Luftwaffe envuelto en todo tipo de misiones encubiertas.
Tan secretas fueron sus actividades, que incluso hoy en día persiste un pacto de
silencio para ocultarlas de la luz pública.


Oficialmente, la creación del ala de combate o KampfGeschwader
200 se inició en 1944, momento en el que la contienda bélica se decantaba en
contra del bando alemán. Su cometido fundamental consistía en realizar vuelos de
reconocimiento a largas distancias, así como el “lanzamiento” de agentes
secretos y saboteadores tras las líneas aliadas. A otro nivel, empleaban
aparatos capturados en tareas de espionaje, cuando no los dedicaban a la guerra
psicológica.

En cierto modo, el KG200 supuso la evolución tardía de
anteriores unidades cuyas actividades se basaban en la confidencialidad más
absoluta. El denominado “escuadrón Rowehl”, dependiente del servicio secreto
Alemán –Abwehr–, usó avionetas civiles dotadas con cámaras ocultas entre 1930 y
1939 para sobrevolar instalaciones militares. Un segundo grupo, el
Verschuchsverband, probaba desde 1923 aeroplanos “atípicos” –por ejemplo alas
volantes–, de contornos circulares o similares.

Las tirantes relaciones
entre el Abwehr y las altas jerarquías nazis obligaron a englobar ambas
formaciones en el seno de la Fuerza Aérea a partir de 1942. Los “escuadrones de
prueba”, como se les calificó, iniciaron su labor instruyendo a futuras
tripulaciones a la par que pilotaban aviones aliados apresados y
reacondicionados pieza a pieza. En principio, el propósito se limitaba a
estudiar sus puntos débiles e idear nuevas tácticas con las cuales contrarrestar
sus acciones.

Quizás el citado capítulo supone la mejor referencia
conocida por los entusiastas de la aviación, dado que algunos de los aviones más
famosos de la II Guerra Mundial pasaron por el KG200. Al menos un Boeing B-17
“Fortaleza Volante” fue empleado para situarse tras las formaciones enemigas a
fin de radiar datos que recibía la defensa antiaérea germana. Confundido entre
sus homólogos estadounidenses, este bombardero pasaba desapercibido sin que los
“cazas” de escolta pudieran derribarlo.

El empleo de ardides
cuestionables se combinaba con espectaculares viajes transcontinentales para
alcanzar remotos rincones del planeta. Se sabe, por mencionar un caso, que se
estableció una ruta para usos diplomáticos entre Berlín y Tokio atravesando el
Polo Norte, trayecto que hoy en día siguen diversas líneas aéreas. Igualmente
remarcables fueron los viajes periódicos que sobrevolaban el continente asiático
hasta Manchuria, a fin de recoger uranio y demás minerales
estratégicos.

De mayor relevancia por el secretismo suscitado, sin
embargo, resultaron los ensayos de guerra electrónica o de reabastecimiento en
vuelo, llevados a cabo sobre Checoslovaquia. Y dentro de aquella perspectiva,
probaban aeronaves que –en teoría– nunca existieron a causa de sus
revolucionarios principios, impresión que fomentaron los servicios secretos
aliados. Justo aquí entraría el capítulo de los míticas y controvertidas “super
armas” nazis, partiendo de sus “platillos volantes”.

Aeronaves
increíbles

Fuera de los actuales foros internautas, raras son aquellas
referencias que puedan encontrarse sobre los vehículos antes reseñados. La
desclasificación de documentos confidenciales incautados a las SS o el traslado
del material de investigación a EEUU –véase ENIGMAS núm. 11, pág. 14–
constituyen tibias evidencias respecto a las experiencias efectuadas por V.
Schauberger, Epp y compañía. Quedan, sin embargo, algunas indicaciones aisladas
ciertamente intrigantes.

Un documental emitido en 1997 por Sci-Fi Channel
daba cuenta de las experiencias vividas por un ingeniero aeronáutico alemán,
cuyo nombre permaneció en el anonimato. Destinado a mediados de 1942 en una base
militar cerca de Praga –extinta Checoslovaquia, actual República Checa–, se
encargaba de impartir cursos técnicos en instalaciones donde las ventanas habían
sido tapiadas. A determinadas horas, él y sus alumnos tenían prohibido salir al
exterior bajo pena de muerte.

Que no vieran lo que sucediera en el
exterior no significaba que fueran libres de escuchar el ensordecedor rugido de
una aeronave capaz de dejar quemaduras circulares en el pavimento. Aprovechando
su amistad con un operario de la base, se arriesgó a echar un vistazo en un
hangar cercano, sorprendiéndose al divisar un objeto que calificó de “disco
volador”. Su fuente de propulsión en absoluto recordaba a los motores
convencionales que conocía.

El libro de R. Jungk Más brillante que un
millar de soles –Harcourt Brace, 1958–, una crónica sobre la carrera nuclear,
destaca a su vez algunos experimentos sobre el tema. De origen germano-judío,
Jungk recopiló testimonios de técnicos coetáneos, que también trabajaron en las
inmediaciones de Praga, quienes tuvieron ocasión de divisar las evoluciones de
un veloz “plato volante” en la primavera de 1945. Conforme pasaban los días, el
aparato iba mejorando sus prestaciones.

Junto al citado vehículo, el
autor descubrió que en el mismo área docenas de personas fueron testigos de las
maniobras realizadas por insólitos aviones con alas delta o giratorias. Sin
extenderse demasiado, los relatos señalaban que en la región se practicaban los
ensayos de tales ingenios, pero nadie pudo asegurar si además eran fabricados
allí. De manera minoritaria, unos cuantos ejemplares acabaron estrellándose con
mortales consecuencias para sus ocupantes.

Ninguno de los hechos citados
haría pensar en la aludida unidad de la Luftwaffe excepto un nimio detalle. El
aeródromo checoslovaco de Permelen, próximo a la capital, constituyó la sede de
uno de los escuadrones asignados al grupo. Más concretamente, el IV/KG200,
encargado de los asuntos técnicos e investigación avanzada según se recuerda en
el museo del Arma Aérea Alemana en Frankfurt. Su marcha de aquel país a causa de
la ofensiva soviética final coincidió con la súbita interrupción de los
avistamientos.

Aviadores enigmáticos

“Podemos contar con
pruebas sólidas que demuestren la existencia del KG200, pero no de su
vinculación con los platillos volantes nazis”, advierte el investigador italiano
Mauricio Verga. “Y de éstos, aún tenemos evidencias menos sólidas”. Las
experiencias paralelas acerca de tan revolucionarias máquinas, de sobra
conocidas, en absoluto invalidan la presencia de otras aeronaves no menos
fantásticas, de las que actualmente apenas se empieza a divulgar sus
detalles.

En su momento, empero, cualquier referencia quedó oculta debido
a cuestiones de seguridad nacional. Al respecto, en un informe del Intelligence
Service británico fechado en 1946 –y desclasificado medio siglo después– los
célebres platillos brillaban por su ausencia… a falta de los suficientes datos.
Por el contrario, se proporcionaba cumplida cuenta de proyectos aparentemente
absurdos, del tipo Ju-287, el Focke Wulf Trieblügeljäger o el aberrante
Wespe.

La lista de aeronaves extravagantes se extendería a los
aviones-nodriza con capacidad para albergar pequeños cazas y a minúsculos
aparatos sin piloto, de aspecto ovoide. En su inmensa mayoría no pasaron de los
tableros de diseño, o eso se aseguró. Llegados a este punto, cabría preguntarse
las razones que condujeron al KG200 a tripular dichos aparatos, cuando las
firmas aeronáuticas implicadas ya contaban con expertos de fama mundial como
Fritz Wendel o Hanna Reischt.

En el personal de vuelo adscrito a la
unidad confluían dos características muy especiales. De entrada, su
inquebrantable lealtad al Führer, que preconizaba una obediencia ciega a las
órdenes. Y sobre todo, la extraordinaria profesionalidad de cada tripulación,
versada en navegación aérea e ingeniería. Los escogidos para integrar el grupo,
bien por méritos de guerra, bien por sus calificaciones, se encontraban entre la
elite de la Luftwaffe.

El carácter secreto de sus operaciones obligaba a
la creación de bases camufladas. Los aparatos “pseudoaliados” operaban desde
pistas ocultas y aisladas de las grandes poblaciones, en lugares tan dispares
como la Selva Negra alsaciana, el desierto argelino o los Alpes. Por ende, las
medidas de protección que salvaguardaran los diseños otrora aludidos resultarían
más radicales, a fin de evitar las miradas indiscretas del enemigo.

Esta
obsesión puede comprenderse ante proyectos cuyos efectos habrían alterado el
desenlace bélico. El llamado Amerikabomber, un plan para destruir Nueva York
mediante un arma nuclear lanzada desde un avanzadísimo reactor Horten,
conformaba una muestra. Un “platillo volador” capaz de elevarse y descender
verticalmente desde cualquier lugar completando tareas de observación se
transformaría en el espía perfecto…

Destino ignorado

Si de
asombrosa cabría juzgar la actuación del KG200 en plena contienda, mayores
sorpresas deparó tras su finalización. Ante el caos generado por la derrota, los
supervivientes se reunieron en una pista de aterrizaje cercana a la frontera
alemana con Italia y destruyeron cuanta documentación comprometedora albergaran
en su poder. La mayoría se vistió con ropas civiles, repartiéndose amplios
fondos monetarios, y marcharon confundidos entre la creciente riada de
refugiados.

Un reducido grupo, por el contrario, despegó en un transporte
hacia rumbo desconocido, con deseos de “continuar la lucha”. O así lo describió
el comandante D. H Stahl, miembro de la unidad, en una obra autobiográfica. De
aquel contingente nada trascendió, pero a los pocos meses en Suecia y Finlandia
se vivió una invasión de OVNIs atípicos en forma de cohete, sospechosamente
cercana a enclaves donde el KG200 mantuvo sus bases, como Curlandia o
Heissladen. Paralelamente, la inteligencia aliada al mando del General H. E.
Watson –responsable de la célebre “Operación Paper Clips”– recorría suelo
germano a la caza y captura de “cacharros voladores raros” (sic) y sus
ocupantes. Pese a interrogar a numerosos prisioneros de guerra y constructores
aeronáuticos, desestimó perseguir a los ex integrantes de la unidad.
“Que
nunca fuera acusado ni un miembro del KG200 habla por sí mismo”, manifiesta
Andrew J. Swanger, editor del World War II Magazine. Simultáneamente, los
registros más comprometedores resultaron confiscados y puestos a buen recaudo
entre los ficheros de Paper Clips. Y, hasta la fecha, permanecen inaccesibles
para los estudiosos. Solo se cuenta con fugaces menciones de “pilotos alemanes
locos” en memorandos esporádicos de la CIA, realizando vuelos clandestinos sobre
China y Europa del este, a falta de nuevos indicios fiables.

Y un apunte
final
. El Coronel W. Baumbach, el ex-jefe reconocido del KG200, jamás dedicó ni
una línea al grupo en sus memorias históricas, pero las concluía anotando
crípticamente que “muchos camaradas se ganaron la vida en la posguerra como
pilotos de prueba”. Se mató en Argentina mientras probaba un bombardero aliado
reconvertido a avión de pasajeros para la misma empresa donde se hallaba en
nómina Reinar Horten, “padre” de las alas volantes ya citadas. ¿Coincidencia?

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Re: KG 200: Las alas del Misterio

Mensaje por Chacony el Jue Feb 05, 2009 3:27 pm

Mmm... mas material para una nueva pelicula de Bond u otra temporada de X-files... o que la caguen con otra "Triple X"

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