Egipto: La cultura que surgió del tiempo

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Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por zizou el Jue Feb 05, 2009 9:33 am


Egipto es un desafío a la vista de todos, una cultura cuyo
halo de misterio se sumerge en el alba de los tiempos, provocando maravilla y
asombro en el hombre actual. Pero, ¿qué tuvo este pueblo de especial? Más aún,
¿de qué “fenómeno maravilloso” fue testigo para realizar semejantes obras y
marcar además el comienzo de la civilización tal y como hoy la conocemos?





Hasta ahora, la egiptología oficial nos ha querido hacer creer
que un pueblo de pastores cambió, de la noche a la mañana, el curso de la
historia. Están convencidos de que gentes que vivían rozando la miseria crearon
de repente la civilización más grande de cuantas hayan existido. Una cultura que
duró más de tres mil años y que albergó todos los saberes de la antigüedad,
surgiendo de las entrañas de una tierra inhóspita con conocimientos en medicina,
arquitectura, matemáticas, filosofía… e incluso con una escritura compleja y
desarrollada. Y es que lo que más miedo da a los eruditos es reconocer la falta
de respuestas, siendo mucho más cómodo “fabular” tesis.

Los
inicios…

Hoy en día, más que una hipótesis es un hecho comprobado que en
el Sahara se desarrolló hace miles de años un substrato cultural común, adaptado
a un entorno que era muy diferente a como lo vemos ahora. Para comprobarlo basta
con estudiar las pinturas rupestres del sur de Argelia, donde aparece
“fotografiada” aquella tierra como fue hace diez milenios. En los citados
murales aparecen hipopótamos, jirafas, elefantes, y toda una variedad de
animales y rica vegetación que propició, a los diferentes pueblos que allí
moraron, comida en abundancia. Pero hace siete mil años el clima comenzó a
modificar aquel paraje fértil, y los diferentes grupos étnicos que convivían en
la región emigraron buscando tierras mejores. Por aquel entonces, las zonas
aledañas al Nilo eran pantanosas y prácticamente inhabitables. Sin embargo, el
lento proceso de desertificación las fue desecando y, paradójicamente, las
convirtió en el vergel que hoy conocemos. Éste no fue paulatino, sino que se
produjo alternando periodos de abundancia y de sequía, en el transcurso de los
cuales pequeños grupos de colonos venidos de diversas y lejanas tierras
otorgaron a la cultura egipcia su carácter único.

Sobre este extremo
existe una gran polémica desde hace años; los egiptólogos ortodoxos niegan este
origen externo de la cultura faraónica, mientras que los africanistas, en un
congreso de la UNESCO celebrado en 1974, establecieron que no hay otra
posibilidad de explicar la historia. Lo que es inexplicable desde todo punto de
vista es defender que la cultura egipcia surgió de la noche a la mañana porque
sí, ya que ésta, desde su nacimiento, tiene una religión perfectamente
configurada y de gran complejidad, una escritura definida, consumados maestros
en diferentes artes como la escultura y la construcción, y desde el punto de
vista científico, grandes conocimientos en filosofía, matemáticas, medicina,
etc. Obviamente, jamás se ha dado un caso similar; una civilización tan compleja
y desarrollada necesita una evolución de siglos e incluso milenios para florecer
hasta un grado semejante.

Desde el punto de vista religioso, la
utilización de dioses con cabezas de animales, tal y como hicieron los
primitivos habitantes de las orillas del Nilo, tiene un reflejo miles de años
atrás en las pinturas rupestres de Libia y Argelia. Ésto, junto a las leyendas
egipcias que nos dicen que Osiris –el Dios que trae la civilización y las
ciencias– provenía del Occidente, hacen suponer que la génesis de la
civilización egipcia debe buscarse en la cultura beréber. Además, podemos sumar
otros dos datos clarificadores, por no decir definitivos: por una parte, en el
Egipto actual, concretamente en el Oasis de Siwa, todavía se habla tamazigh, la
lengua beréber. Y de otro, en las pinturas rupestres de Tassili, al sur de
Argelia, existe una representación pictórica con el mismo estilo –de perfil– y
tratamiento cromático que más tarde se utilizaría en Egipto. Plasmación que a
todas luces refleja a la diosa Isis, antes de que ésta se venerase en los
templos que rodean a las pirámides. Sin mencionar que hasta las barcas
saharianas, hechas de juncos, son idénticas a las que surcarán el Nilo, hechas
de papiro.

Sin embargo, y aunque esta pista sea bastante sólida, hay
otros datos que suman un mayor desconcierto al enigma del origen de Egipto. De
un lado en Qostul, Sudán, aparece una representación de la corona del Alto
Egipto en el año cuatro mil antes de Cristo, mientras que la cultura egipcia
clásica surge en el tres mil ciento cincuenta de la misma era. Además, en esta
ciudad sudanesa podemos encontrar también la figura del dios Horus, con cabeza
de halcón. Y si queremos asombrarnos aún más, basta comparar la fachada de
cualquier palacio real egipcio con un Serek, las casas de los jefes de la etnia
dogón en Mali. Por no hablar de que el antiguo egipcio es muy parecido a la
lengua peul y a la haal –pulaar–, idiomas ambos del África
occidental.

Por lo tanto no se tiene certeza absoluta de los orígenes
exactos de la cultura egipcia. Es algo que a día de hoy continúa siendo un
enigma.

El dulce llanto de la diosa
Hombres, mujeres y niños
impacientes en la orilla del gran río, el Nilo. El nerviosismo se hacía más
patente a la vez que el Sol apuntaba a su ocaso, y al comenzar la noche, todos
miraban al cielo esperando el gran milagro. No importaba el calor ni las
insidiosas picaduras provocadas por las nubes de mosquitos. Todos querían ver el
renacer de la diosa, que puntual acudía desde tiempo inmemorial a su sagrada
cita. Y así, ante la mirada de un pueblo fervoroso y expectante, hacía su mágica
aparición en el horizonte, brillando con más fuerza que el resto de las
estrellas del firmamento. Isis, la gran diosa madre, por fin había surgido, y
sus dulces lágrimas provocarían de nuevo la crecida del Nilo. Una vez más la
cosecha estaba asegurada, no sólo para Egipto, sino para todas las bocas que
existían en la antigüedad. No en vano los romanos llamaron al valle del Nilo “el
granero del mundo”; si había problemas con la cosecha, el hambre sería un
castigo para toda la humanidad.

No podemos entender el nacimiento de la
civilización egipcia sin comprender el estrecho vínculo que unía al río sagrado,
el Nilo, con el pueblo que habitaba a sus orillas. Y es que el esplendor del
país de los faraones surge en gran medida cuando se alcanza el control de las
inundaciones que acontecían cada año. Logro que se consiguió de una forma
bastante curiosa: mirando al firmamento. Sirio, la estrella más brillante de la
bóveda celeste, desaparecía incomprensiblemente ante la mirada atónita de los
astrónomos durante setenta días, periodo tras el cual volvía a aparecer –sobre
el 15 de junio–, marcando la crecida de las aguas del Nilo. Los griegos llamaban
a esta estrella Serios y los egipcios Sopte, aunque una mala traducción de
aquella época nos haya hecho pensar que su verdadero nombre, para los habitantes
de las riberas del río, era Sotis. Para los antiguos egipcios, Sopte era la
representación ni más ni menos que de la diosa Isis.

Fue clave para el
desarrollo de tamaña cultura este hecho, pues al controlar las crecidas podían
determinar el tiempo de la siembra, haciendo que sus tierras fueran las más
fértiles del planeta. Ello era provocado no sólo por la abundancia de agua, sino
también –y aún más importante–, por el limo negro que traía la subida. Por eso
la aparición de la deslumbrante estrella no sólo marcaba el devenir de las
tareas cotidianas, sino que también determinó las pautas para la creación de su
calendario. El día en que Sopte aparecía de nuevo en el firmamento era para los
egipcios el primero del año. Gracias a ello la cultura de los faraones fue la
primera en dividir el año en doce partes de treinta días cada una, más cinco
días. Éstos últimos, conocidos como los días de Anubis, el Dios con cabeza de
chacal, eran unas jornadas terribles donde la gente se quedaba encerrada en casa
sin salir. Jornadas señaladas de las que hoy proviene nuestra conocida expresión
“un día de perros”, en referencia, aunque se haya perdido en el recuerdo, a los
días en los que los egipcios no salían de sus casas por mandato
divino.

El calendario fue el más perfecto de los conocidos en el mundo
antiguo. Se dividía en tres estaciones con cuatro meses cada una de ellas. La
primera ankit, la época de la inundación; la segunda perit, que marcaba las
labores agrícolas, y la tercera semu, el verano, donde se llevaba a cabo la
recolección. De este modo, el ritmo de vida de los egipcios era marcado por el
Nilo y por la aparición de Sopte en el horizonte. No obstante los egiptólogos
ortodoxos olvidan un detalle muy importante en cuanto a la formación de la
cultura faraónica y su estrecha relación con ésta, y es la existencia de un
pueblo africano anteriormente mencionado, los dogones de Mali, que al igual que
los egipcios, mantenían una relación muy especial con la citada estrella. Gran
parte de los conocimientos que tienen los dogón están estrechamente ligados al
culto que la etnia procesa a Sopte, igual que los egipcios, cuyos saberes parten
del control del río Nilo, gracias a las observaciones que hacen de la misma
estrella.

De la misma manera, los palacios reales egipcios y los serek
dogones, las casas de sus jefes, presentan unas similitudes desconcertantes. Si
las coincidencias en lo sagrado y en lo arquitectónico son tan importantes, ¿por
qué no pensar que existieron entre ambos pueblos lazos muy estrechos? Sin
embargo, aunque parezca evidente, quizás la respuesta no esté aquí y se
encuentre en otro lugar más lejano. Un país del que nos hablan las leyendas y
del que pudo partir el famoso sustrato cultural común del
Sahara.

Charlas con Platón
Aquel hombre sabio era de
curiosidad insaciable. Recorría los templos deteniéndose hasta en sus más
mínimos detalles; parlamentaba con los escribas e interrogaba en cuanto tenía
ocasión a los filósofos y los sacerdotes. Nadie sabe por qué fue hasta tierras
tan lejanas, pero tras escuchar a los seguidores de Sais su vida cambió, pues
comprendió que su civilización no había sido la más sabia y poderosa de cuantas
habían existido. En aquel recóndito enclave donde se guardaban los conocimientos
más antiguos del mundo, el sabio heleno fue consciente de que la historia era
más mucho más antigua de lo que él hasta ahora había pensado.

Si existe
un hombre que haya marcado la ciencia y el conocimiento occidental en sus
orígenes, ese es sin duda, Platón, que demostró en sus obras ser un visionario y
formó las bases para que el conocimiento y la ciencia pudieran continuar
desarrollándose. No obstante el citarlo en este artículo se debe a motivos muy
distintos. El intrépido filósofo griego viajó, entre otros muchos lugares, a
Egipto, donde conversó con los sacerdotes de Sais, los valedores de las antiguas
ciencias que habían surgido en este país. Y de aquella fructífera entrevista
Platón sacó material jugoso como para escribir dos libros, Timeo y Critias,
donde describió con todo detalle una civilización muy anterior a la egipcia. La
Atlántida es para muchos historiadores y científicos una simple superchería; sin
embargo, su existencia daría explicación a una buena parte de las controversias
que surgen a la hora de indagar sobre el origen de Egipto.

Platón
describe aquel lugar como una isla fabulosa rodeada de imponentes murallas,
habitada por hombres cuya ciencia no tenía parangón. No es cuestión ahora de ver
hasta qué punto puede ser real la existencia de un lugar de tales
características; lo importante es que el filósofo heleno recogió de primera mano
la constancia de que había existido una civilización más antigua que la egipcia.
En definitiva, una cultura madre de la humanidad, cuya disgregación explicaría
entre otras cosas, las similitudes culturales que existen entre puntos tan
apartados del Sahara. A bote pronto, pudiera parecerles una afirmación
arriesgada y con poco fundamento, pero son cada día más los hombres de ciencia
que también están convencidos sobre este extremo. Valga como ejemplo que, en
estos años, una expedición británica auspiciada por varias universidades está
buscando los restos de dicha cultura madre en Bolivia, muy cerca del lago
Titicaca ¿Locura colectiva o evidencia de que algo falla en la visión que hasta
ahora tenemos de nuestra historia? Yo diría más bien sensatez tardía ante tanta
incongruencia demostrada.

Sin introducirnos en las evidencias que sobre
esta primera civilización desconocida existen en diferentes lugares y pueblos,
vayamos directos a la tradición egipcia. Según nos relatan los antiguos textos,
los primeros egipcios, aquellos que portaban los saberes que les hicieron ser
más grandes que el resto de pueblos del planeta, venían de una tierra llamada
Aha Men Ptha, el país de los antepasados. La traducción literal de esta
expresión sería “corazón primigenio de Ptha”. Éste era el Dios egipcio
equivalente al Demiurgo, la energía creadora de todas las cosas. Así, la palabra
faraón viene de la expresión pher aon, que significa “descendiente del
primogénito”. En conclusión, el primer rey, pero de otro país, lugar que sus
tradiciones afirman se hundió por un gran cataclismo. Así fue cómo los
supervivientes llegaron a vivir hasta ath ka Ptah, las tierras de Egipto, cuya
traducción literal es “el segundo corazón de Ptah”.

Estos primeros
egipcios no sólo tenían conocimiento de aquella nueva tierra, sino de otras
lejanas en las que ya habían estado, afirmación que se demuestra de una forma
muy sencilla: desde el primer día de nacimiento de la cultura faraónica sus
habitantes utilizan materiales traídos de lugares lejanos, como es el caso del
lapislázuli, fundamental para la confección de amuletos, que era recogido en
Afganistán. En la primera capital egipcia, Tinis, desde el momento de su
formación existe una escritura ya desarrollada y conocimientos de arquitectura,
medicina… que nada tenían que ver con la cultura de un pueblo
primitivo.

El enigma está pues servido, ¿quienes fueron estas primeras
tribus llegadas de lejos? Los anu, según la tradición egipcia. La ciencia
todavía no ha sabido respondernos, pero es posible que encontremos algo de
claridad rebuscando entre la historia de los primeros faraones -ver
cuadro-.

Oscuro como la noche, misterioso como la niebla, así es en
verdad el origen de la civilización más grande de cuantas hayan existido. Un
pasado que nos lleva a un tiempo en el que un hombre podía llegar a ser rey por
méritos propios. Un hombre, sea Escorpión, Menes o Aha que cambió para siempre
la historia. Quizás a los egiptólogos oficiales, revestidos por sus tediosas
casullas de ciencia no les guste reconocerlo, pero la verdad es que la leyenda
en el pasado, fue real…

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Re: Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por Chacony el Jue Feb 05, 2009 3:42 pm

Despues de leer el reportaje, siento que falta texto... como que los parrafos no se suceden el uno al otro, mas bien parecen estractos de un tema más grande.

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Re: Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por zizou el Dom Feb 08, 2009 12:24 pm

Tenes razon Lord Chac, es q hice un resumen de un articulo sacado de una revista impresa, mis disculpas sino se entiende bien...

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Re: Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por Chacony el Miér Feb 18, 2009 4:17 pm

Vió! Vió! A mi no me la hace tan facilmente... mi ojo que todo lo vé está al pendiente... siempre y cuando no haya alguna quinceañera que acapare la atención...

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Re: Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por zizou el Jue Feb 19, 2009 5:55 pm

Chacony escribió:Vió! Vió! A mi no me la hace tan facilmente... mi ojo que todo lo vé está al pendiente... siempre y cuando no haya alguna quinceañera que acapare la atención...



q miedo!! Señoras cuiden a sus hijas..! jeje

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Re: Egipto: La cultura que surgió del tiempo

Mensaje por Chacony el Jue Feb 19, 2009 6:06 pm

No esta mal, pero para hacerlo alucivo...


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